Lights On
Capítulo 2
Máximo
Estoy limpiando la parrilla cuando Sebastián viene a ayudarme con una bolsa de basura.
—¿Pensás que funcionó? Igual parece mejor, hasta comió —dice.
Raspo la grasa que quedó con papel de cocina. Me gusta la parte de cocinar; limpiar después del asado es tan molesto como mi amigo.
—Obvio que comió, boludo. ¿Quién no se va a comer un asado?
—¿Una persona deprimida? ¡No sé, loco! Nunca lo vi así. Ni siquiera cuando dejó de laburar para el padre para meterse en ese bootcamp de developer de Mercado Libre.
—Esquivó esa charla durante semanas, llegué a pensar que iba a trabajar en los dos puestos al mismo tiempo.
—Ya sé. Me parece que Pablo lo está convenciendo de salir más tarde. Mirá. —Pablo está en pleno modo vendedor, vendiéndole la idea de salir a tomar algo como si su contrato de amigo dependiera de eso.
—Pregunté por todos lados, me trataron de raro un par de veces pero conseguí la confirmación. La ex no va a estar en ese bar.
Asiento y miro a Sebastián con preocupación. Lo lejos que está llegando para que Joel esté cómodo debe significar que está peor de lo que pensaba. Él sabría, porque viven juntos desde la facu. Tiro el papel a la bolsa que sostiene Sebastián y voy a lavarme las manos.
—¿Podés terminar de limpiar vos? Voy a pedir un postre.
Sebastián termina de limpiar mientras el resto de los amigos hace sobremesa. La verdad, todos andamos preocupados por Joel. Pido helado, que llega en tiempo récord.
Bajo en el ascensor, con pavor a la ducha que me voy a tener que dar en lo de Joel. Mi casa queda a veinte minutos en auto y la verdad que tendría que haber agarrado más que ropa limpia antes de salir, pero no lo hice.
Las puertas se abren y entra una mujer. Está espectacular. Piernas largas, piel bronceada, el bretel del vestido parece habérsele caído y ella no se lo acomoda. No creo que se haya dado cuenta. O eso, o es de las personas que no hacen drama.
Intercambiamos un par de cortesías, le noto el acento y me gusta tanto que se me ocurren más de diez frases, excusas y posibles desenlaces para seguir hablándole. Ninguna es buena, así que descarto la idea. Trato de distraerme con el teléfono para no pensar en mi pinta de recién salido de la parrilla y en el olor a humo que debe estar llenando todo el ascensor.
Por suerte para sus fosas nasales, el ascensor se abre y la dejo pasar primero. Intento (y fracaso) no mirarle el vestido hasta la puerta. Para cuando tengo la bolsa en la mano y vuelvo a los ascensores, le sostengo la puerta. Me digo que es lo que hace un caballero o lo que un porteño hace por los que vienen de visita. El viaje en ascensor para arriba es silencioso, y no se siente raro. Debería sentirse raro, pero no.
La ducha en lo de Joel está bien. Las toallas no. Me seco con lo que parece un repasador y me pongo la muda que traje: jean oscuro, camisa blanca. Sebastián me tira una mirada al salir por la puerta que elijo no interpretar.
El bar está a cuatro cuadras. Las caminamos en ese calor de enero que te hace arrepentirte de haber salido de tu casa y agradecerlo, las dos cosas a la vez. Pablo sigue animando a Joel, que se deja animar, lo cual tomo como buena señal. Para cuando llegamos, nuestro grupo ya tiene tomado un rincón de la barra y voy por la segunda cerveza antes de darme cuenta de que hace una hora que no miro el teléfono.
Para mis métricas recientes, es una buena noche.
Cerca de medianoche me escapo al baño. El bar está repleto; me abro paso entre la gente y de paso le apoyo un segundo la mano en el hombro a Joel, como se hace sin pensar. A la vuelta tomo el camino largo para esquivar la mesa. Veo que Pablo está imitando a alguien, no necesito saber a quién, y ahí es cuando la veo.
La mujer del ascensor. Sentada sola en la barra, en la curva donde el mostrador dobla, con un espresso martini delante.
Dejo de caminar.
No es a propósito. Mi cuerpo toma la decisión ejecutiva antes de que mi cerebro la alcance. No seas el tipo que se queda mirando, me digo, y arranco a caminar de nuevo; más o menos en la dirección correcta.
Está mirando su copa, no el salón. Tiene el pelo suelto. El vestido es el mismo del ascensor, lo que significa que vino directo de ahí, lo que significa que no se cambió para venir al bar, lo que significa… ¿qué, exactamente? Corro tres teorías y las descarto todas. Hace demasiado que estoy parado en diagonal a la barra. Tengo que ir hacia ella o volver con mis amigos. Volver con mis amigos de repente parece la peor de las dos opciones.
Ensayo tantas cosas para decirle en los diez pasos que me toma llegar hasta ella que me sorprende que mi cabeza no dispare alguna alarma de incendios.
—Perdón, hola. Sé que es raro decirle esto a una desconocida, pero me parece que hoy compartimos un ascensor.
Se da vuelta. Una sonrisa leve.
—Me parece que sí. ¿Viniste a avisarme que tu viaje en ascensor salió bien?
Me relajo y sonrío yo también. Eso es un sí. O por lo menos no es un no.
—Salió bien. Sin necesidad de que me llevaran de la mano ni de sherpas. Llegué solito, la verdad.
Dios, debo ser la primera persona en el mundo en asociar un viaje en ascensor con sherpas, ¿qué me pasa? Estoy tan oxidado últimamente que debería ser un caso de estudio.
—¿Sherpas? Sos bien de acá, ¿no? Te morirías en la montaña. —Suelta una risita y el bretel del vestido se le vuelve a caer; mis ojos van ahí y los de ella también. Lo deja así. No está tratando de hacer esto más fácil de lo que es.
—Y vos no. ¿Córdoba?
—Sí. ¿Qué me delató?
Nos reímos los dos. ¿Gané esa? Hago la lectura. Cuerpo abierto, inclinada apenas hacia mí, el acento suelto, los ojos todavía en los míos cuando deja de reírse. Todo en verde. Señalo con la cabeza el banco de al lado.
—¿Puedo?
—Claro —dice, y me siento. Pido un whisky sour cuando pasa el barman. Su acento es tan melódico que me zumba el pecho. Necesito que siga hablando. Decido empezar por la pregunta más obvia.
—¿Estás de visita o viniste por trabajo?
Se abanica el pelo para sacárselo del cuello y se acomoda en la banqueta para quedar un poco de frente a mí; hay mucho ruido acá, así que tenemos que acercarnos para escucharnos, ¿o será que quiere estar cerca?
—Terapista ocupacional. Vine por un congreso. ¿Y vos? ¿Porteño?
—Nacido y criado. Otro palo totalmente, eso sí. Soy QA. Software.
Levanta un poco las cejas.
—Ah, qué interesante. Entonces los dos evaluamos qué necesita atención y tratamos de ayudar a arreglarlo.
—Eso está bastante bien pensado, la verdad —me río—. ¿Qué arreglarías en este lugar?
—La música está un poco fuerte. Ya sé, soy una abuela. —Sonríe y juega con el tallo de la copa antes de tomar—. ¿Vos qué arreglarías?
Mis ojos van al bretel y los arrastro de vuelta para arriba. Mirar dos veces ya es demasiado.
—Rebobinaría el tiempo y me daría una ducha antes de meterme en ese ascensor.
—¿Qué? No. El olor a asado es el mejor olor del mundo. Cero vergüenza. —Echa un vistazo a mi ropa y le agradezco al cielo haberme puesto algo presentable.
El barman me desliza el whisky sour delante sin levantar la vista, ya en el próximo pedido. El vaso está tan frío que transpira. Tomo un sorbo y la siento mirándome hacerlo. No clavándome la mirada, solo presente como estuvo presente toda esta conversación, como si nada fuera casual. Apoyo el vaso entre los dos, más cerca de ella que de mí. No dice nada, pero lo nota. Me doy cuenta por el mínimo gesto en la comisura de su boca.
—¿Trabajás presencial o remoto?
—Remoto, trabajo para una empresa americana. —Tomo un sorbo—. Che, ¿no es raro que sepamos a qué nos dedicamos y dónde vivimos, pero no nuestros nombres?
Se ríe. Bajito y corto, más para ella misma. Me pregunto si sería raro mandarme a mí mismo un audio de su risa.
—¿Por qué no jugamos un poco antes de revelaciones tan grandes?
Levanto una ceja y tomo un trago de whisky.
—Dale, ¿qué tenés en mente?
Apoya el codo en la barra y me mira; huele a coco y al espresso martini.
—Hay un juego que se llama red flags. Dos verdes, una roja.
—¿Sobre nosotros mismos?
—Exacto. Si llegamos al final todavía con ganas de seguir sentados acá, nos ganamos los nombres.
—¿Empiezo yo? —digo, y aprieto más fuerte el vaso. Lo apoyo.
—Dale.
Mi cabeza empieza a trabajar. ¿Conviene que arme una estrategia? Si lo hago, le mato el sentido. Además, le va a gustar la honestidad, como antes. Decido jugármela.
—Estoy acá porque a un amigo lo dejaron hace seis semanas y lo venimos sacando, de a poco, hasta que deje de tener cara de fantasma.
—Esa es una —dice, sacándome una pelusa de la camisa. Los dedos se le quedan ahí. Parece que al final le gustó la honestidad.
La rocola arranca entre tandas y reconozco la canción en unas tres notas. Babasónicos, “Los Calientes”; lo que significa que Sebastián se acercó a la rocola y está mandando un mensaje. No me doy vuelta. No necesito ver la cara que debe estar poniendo del otro lado del bar. Me están observando, linda, quiero decirle. No lo digo. Algunas cosas son más divertidas guardadas para uno.
—Mi hermana Marilina me puso en un formulario como contacto de emergencia de mi sobrino Nico. Tiene siete, es adorable y mucha presión, y la verdad todavía me sorprende un poco que confíe en mí para eso. Y soy Máximo Cohen. Van tres. Estoy siendo generoso porque quiero que esto salga bien.
Se sonroja. Se sonroja de verdad. El estómago me hace algo que no sentía hace mucho.
—Bueno, mi turno —dice, y levanta un dedo—. Mantengo vivas a mis plantas. Hasta las dramáticas. —Levanta un segundo dedo—. Tengo treinta y tres, y sé lo que quiero, casi siempre… la mayoría de las veces. Terminé con la versión de mí que finge que no. Y soy Alma Maffei. Van tres.
Cuando baja la mano, pongo la mía cerca; me roza el meñique con el suyo y lo tomo como una señal. Le agarro la mano y el contacto es eléctrico. Tranquilo, Máximo. Esto está bueno, quiero disfrutar cada segundo.
—Así que no salimos corriendo. Todavía. La verdad, me gustaron las tuyas —digo, y le pongo un mechón de pelo detrás de la oreja—. ¿Supongo que seguimos con las cosas malas?
Asiente y me sostiene la mirada; tiene los ojos cálidos.
—¿Viste? Fue un juego divertido, y no me arrepiento para nada de haber incluido la cosa mala.
Me río bajito y le aprieto un poco la mano.
—No tenés por qué arrepentirte. La estoy pasando bien.
Me devuelve el apretón y los dos nos quedamos callados un segundo. Las rojas. Las verdes eran fáciles; cualquiera puede mostrar su mejor versión, los dos lo acabamos de hacer y a los dos nos gustó lo que mostró el otro. Las rojas son para lo que existe el juego. Tomo aire y espero que no lo note.
—Dejame ir primero de nuevo. —Levanto la vista, pensando cuál sería mi cosa mala, y después sigo—. Trabajo para una empresa americana, así que tengo los horarios rotos. Estoy online cuando la mayoría está cenando. Me pierdo cosas. Cumpleaños, casamientos a veces. Mis amigos ya dejaron de hacerse los educados al respecto.
Asiente y toma su turno casi al instante.
—Vivo a setecientos kilómetros de acá. Me voy mañana a la noche. No es una bandera de personalidad, pero es la situación real, y me parece que cuenta.
Yo ya había hecho la cuenta de Córdoba. Lo que no había hecho era la cuenta del mañana. Pero esto es lo que noto: no me importa. O me importa, pero quiero esto—a ella—igual.
—Ya corrí los números de Córdoba —digo, rozándole los nudillos con el pulgar—. Lo de mañana a la noche es la parte sobre la que esperaba que mintieras.
—No te voy a mentir con eso. —Me sostiene la mirada—. Igual te quiero besar esta noche.
No le suelto la mano, pero llevo la otra a su cara. Le rozo el pómulo y ella cierra los ojos. Se ve tan hermosa, con la boca apenas abierta, que dejo de pensar y simplemente me inclino. Le rozo los labios con los míos; tiene los labios suaves y algo se me afloja en el pecho. Le llevo la mano a mi cintura y dejo que la mía suba por su brazo hasta el hombro, donde toco el bretel del vestido que miré cincuenta veces esta noche. No estoy pensando. Esto es, me doy cuenta, una experiencia nueva.
Ella controla el ritmo, así que al principio nuestros labios solo se presionan uno contra el otro. Pero después se abre para mí y su lengua encuentra la mía. Y ahí es cuando el control que estaba tratando de mantener se me escapa. Nuestras lenguas se enredan, despacio al principio. Me aprieta la mano contra la cintura y me atrae hacia ella. Profundizo el beso hasta que gime dentro de mi boca. Cuando nos separamos para tomar aire tiene los labios hinchados, las mejillas coloradas, y el bretel que toqué se le cayó un poco más. Después de esto solo hay una opción en mi cabeza. Quiero seguir. Seguir hablándole, besándola, acompañándola a su casa, lo que ella quiera. Le beso el pómulo y la ceja antes de hundir la nariz en su sien.
—¿Querés caminar un rato? —murmuro.
—Sí, me encantaría —dice, y agarra la cartera—. Dejame mandarles un mensaje a mis amigas para que sepan que estoy bien. Andan por acá, en alguna parte.
Eso me sorprende. Pensé que estaba sola, lo cual, ahora que lo pienso, es algo que probablemente debería haberme preguntado.
—Yo hago lo mismo con los míos. Igual creo que ya saben dónde estoy.
Levanta la vista del teléfono, sonriendo.
—¿Pasaron al lado tuyo camino al baño o algo así?
—No los vi, pero Sebas puso “Los Calientes” en la rocola hace un rato. Es su manera nada sutil de decirme que está disfrutando del show.
Yo: Ya sé que esta noche era por Joel pero conocí a alguien. ¿Está bien él?
Sebas: Sip, ya sabemos. Y sabemos que vos sabés que nosotros sabemos.
Sebas: Joel va por la tercera cerveza. Está todo controlado.
Sebas: En una escala de "ticket de baja prioridad" a "bug de severidad crítica", ¿cuánta ansiedad estás experimentando en este momento?
Yo: No te voy a contestar eso ahora. Nos vemos mañana.
Le sostengo la puerta y el calor nos pega a los dos. Se ríe, esa risa segura, y desliza su mano en la mía como si lo hubiera hecho cien veces.
Empezamos a caminar.