Lights On

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Capítulo 4

Máximo

Su mano se cierra sobre mí por encima de los boxers y me olvido de la frase que estaba armando.

Tenía una. Algo sobre la línea de su bikini, la sal de su piel, el sonido que hizo cuando puse la boca ahí. Ahora desapareció. Hace eso: me saca las palabras de la cabeza y no las recupero.

—Sacátelos —dice. Solo eso.

Meto una mano en el elástico y ella levanta las caderas para ayudar con la suya, y después hay unos segundos de los dos forcejeando con la ropa a la luz de la lámpara, sin gracia, los dos apurados, y después está hecho. Los boxers en el piso. El encaje en alguna parte. Los dos sin nada encima.

El aire de la habitación está más fresco de lo que esperaba. Lo siento en la espalda, en el pecho, en todas partes. Ella se mueve en la cama y el aire fresco deja de importar. Y después ninguno de los dos se mueve.

Yo había pensado (en el ascensor, cuando dijo me gusta mirar, con las luces encendidas, mirándote, todo) que había pensado que entendía lo que estaba pidiendo. No lo entendía. Ahora sí. Porque me está mirando. No de reojo. Mirando, tomándose su tiempo, como mirás algo que decidiste que tenés permitido mirar. Sus ojos bajan y vuelven a subir. No le da vergüenza nada de esto y yo tengo que quedarme quieto y dejarla, porque ese es exactamente el punto.

Es lo más expuesto que me sentí con la ropa afuera en mucho tiempo. También noto, con cierta distancia, que no quiero que pare.

Así que hago lo mismo. Me permito mirar.

Hasta ahora venía corriendo por inercia, boca y manos y lo que sigue y lo que sigue. Esto es más lento. Esto es su clavícula, la peca que ya reclamé, la línea baja en su cadera donde estuvo la malla. Sus muslos. La forma en que dejó caer las rodillas abiertas como si no le costara nada, cuando me jugaría casi todo el sueldo del mes a que algo le cuesta, pero simplemente lo decidió. Alma decide las cosas y después las hace. La vi hacerlo toda la noche. La estoy mirando hacerlo ahora.

—Me estás clavando la mirada —dice. No es una queja.

—Vos me dijiste que lo hiciera.

—Te dije que me gustan las luces encendidas. No te dije que— se frena. Reconsidera—. Okay. Sí te dije que lo hicieras.

—Estoy corriendo un test pass exhaustivo. —Mi voz no suena como la mía—. Estoy siendo concienzudo.

Se ríe y estira el brazo por detrás de mí hacia la mesa de luz.

La miro abrir el sobrecito del preservativo. Lo intenta primero con los dientes, no puede, cambia a los dedos, lo logra. Pequeño, nada glamoroso y de algún modo lo más caliente que miré en años. Me lo desenrolla encima y la mano se le queda ahí, floja alrededor de mi base. Siento el contacto como un pequeño evento eléctrico. Me inclino a besarla porque la sensación es tan abrumadora que necesito hacer algo para compartirla. El beso es cargado, sucio, desprolijo. Sus manos están en mi cara y las mías en su esternón, bajando. Cuando nos separamos para tomar aire la miro, y el aire que acabo de recuperar se me va de nuevo.

—Quiero que veas esto —digo—. ¿Eso está…

—Sí. —No me deja terminar—. Dios, sí.

Agarro la almohada al lado de su cabeza, la que no está usando.

—Levantá un poquito para mí.

Levanta, y se la acomodo bajo la curva de la espalda, le inclino las caderas hacia mí. Queda abierta así, levantada en ángulo, la lámpara de lleno sobre ella, y yo estoy arrodillado donde ella puede verme entero y yo puedo verla entera. Que es todo el punto. Que es lo que pidió en el ascensor, hace horas, cuando no entendí del todo lo que quería decir.

Ahora entiendo.

—Mirá para abajo —digo—. Mirá.

Y empiezo a entrar, despacio, más despacio de lo que quiero, porque quiero que ella lo vea tanto como yo quiero sentirlo.

—Max —dice con el mismo tono entrecortado que usó cuando la estaba tocando, y en ese momento sé que estoy perdido, porque le daría cualquier cosa, haría cualquier cosa, la dejaría hacerme cualquier cosa, con tal de escuchar mi nombre así otra vez.

Ella mira. La miro mirar. Y siento el momento exacto en que su cuerpo tiene que hacerme lugar; el corte en su respiración, su mano que cae plana contra mi pecho, sin empujar, solo ahí, haciendo fuerza. Me detengo. Le doy un segundo.

—¿Bien? —Apenas una palabra. Apenas aire atrás.

—No pares. Solo… despacio. —Sus ojos suben a los míos y después vuelven a bajar—. Despacio.

Le sostengo las caderas solo para encontrar algo de equilibrio y entro despacio. Le doy cada centímetro de despacio que tengo y la forma en que su cuerpo me deja entrar de a poco me eriza la piel. Su calor y su humedad me golpean en cada centímetro que voy reclamando y tengo que agarrarme de sus caderas para que no me tiemblen los muslos. Cuando estoy del todo adentro y me recibió entero, los dos nos quedamos quietos. El único sonido en la habitación somos los dos tratando de acordarnos cómo se respira.

Cierra los ojos y da un grito ahogado. Necesito escuchar ese sonido otra vez, así que salgo casi del todo de ella y vuelvo a entrar. Sus caderas empiezan a moverse despacio con las mías. Siento el ritmo antes de pensarlo, su cuerpo encontrando el ángulo, mi cuerpo respondiendo.

—Mirá, Alma. No cierres los ojos.

Mis manos le agarran más fuerte las caderas, y puedo ver cada detalle. Cada aleteo de sus pestañas, la boca abierta, el rubor de sus mejillas. Mi mirada va de su cara a mi pija desapareciendo dentro de ella mientras el placer va creciendo. Sé que ella también lo siente porque jadea, sus caderas respondiendo a las mías. Cada vez que nuestras caderas se encuentran, gime. Es hermosa, real, ruborizada, presente.

—Quiero verte toda —digo, y llevo una mano de su cadera a entre los dos, encontrando su clítoris con el pulgar—. Mostrame. Ayudame.

—No puedo… Dios… no puedo con lo que me estás haciendo, Max.

—No dejes de hablar. Decime qué estás pensando —digo, y miro su cara debatirse entre el placer y el darse cuenta de que le estoy pidiendo lo mismo que ella me pidió antes.

—Estoy pensando que se siente increíble. Y… —siento su mano sumándose a la mía, como le pedí, cubriendo mi pulgar con sus dedos—. Y que quiero que me hagas acabar.

Gruño fuerte al sentir cómo se cierra alrededor de mí. Ahora los dos la estamos mirando. Los dos mirando mi mano, su mano y el lugar donde me muevo dentro de ella. La lámpara está de lleno sobre todo eso, esto es lo que pidió hace horas y por fin lo entiendo del todo.

Quiero acordarme de esto. El pensamiento llega entero y certero de nuevo, como llegan los importantes. No cómo se ve ella sino cómo es esto. Su mano enseñándole a la mía, las luces encendidas, nada escondido, los dos eligiendo ver.

Muevo una mano a la curva de su espalda para que cambie el ángulo y ella gime, fuerte, sin guardarse nada. Mis caderas se aceleran de golpe. Pierdo el ritmo, pierdo el patrón, pierdo todo lo que no sea ella.

Está frunciendo el ceño cuando nuestros ojos se encuentran. Ahora conozco ese ceño.

—Max… me… la puta madre…

—Te tengo. Mirame. Quedate conmigo.

Y lo hace. Mantiene los ojos en los míos mientras la agarra y yo lo miro todo. La forma en que toda su cara se tensa y después se rompe, la forma en que su espalda se arquea de la almohada, el sonido que se le arranca sin forma alguna, cómo se cierra alrededor de mí, fuerte, en olas, tirando. Sus ojos quedan abiertos. Acabó con las luces encendidas, mirándome, y me dejó ver cada segundo.

Eso es lo que me hace acabar. No lo apretada que se siente, no la fricción, el ver. El hecho de que me haya dado esto.

—Carajo. —Me sale ronco. Mis embestidas se vuelven irregulares, erráticas, todo persecución y nada de control. Siento la acumulación durante un segundo suspendido (demasiado largo, casi doloroso y después se suelta, me estalla por dentro, y me hundo profundo y me quedo ahí mientras me atraviesa en olas que no puedo contener. Las caderas tartamudeando dos, tres veces más. Sigo moviéndome, despacio ahora, suave, hasta que se apaga el último de sus temblores y su cuerpo se afloja bajo el mío.

Todavía estoy dentro de ella cuando me inclino y ladeo la boca sobre la suya. El beso es desprolijo, con la boca abierta. Me chupa el labio de abajo hacia adentro y mis dedos se hunden en su pelo oscuro. Sus brazos me rodean el cuello, sus piernas envueltas alrededor de mí mientras sigo presionando dentro de ella, despacio, despacio, despacio.

Un momento después, a regañadientes, la suelto y descarto el preservativo. Ella se saca la almohada de la espalda y nos quedamos en silencio. Su mejilla en mi hombro, mi nariz rozándole la sien, huele cálida y dulce, apenas a coco. Nos tapo con el acolchado. El aire acondicionado está a full.

—Quedate —susurra, y sonrío. Mi cabeza vuelve a su configuración de siempre, corriendo opciones. No de lo que va a pasar en las próximas horas, si me va a querer ahí… eso es un hecho. Lo que yo quiero es un hecho en mi cabeza.

—Buena suerte tratando de deshacerte de mi —se ríe, y le beso la sien. Su cuerpo se retuerce en un estiramiento leve, y su cara vuelve a estar cerca de la mía.

—Decime algo que todavía no me hayas contado sobre vos —digo.

—Tengo un perro, un salchicha. Mi mamá lo está cuidando mientras estoy acá. Es re mimoso.

—¿Cómo se llama?

Sonríe, hay un cariño profundo en sus ojos.

—No te rías. Le puse el nombre cuando estaba en la facu y me parecía gracioso. Se llama Fernet. Es negro.

Me largo a reír. Obvio que le puso a su perro el nombre más cordobés posible.

—Perdón que me reí. La verdad es tierno.

Quiero conocer a su perro. Su casa. Sus plantas. Todas las cosas que todavía no puedo decir porque esta es la primera vez y ella vive a setecientos kilómetros y la etiqueta dice que no podés invitarte solo a la casa de otra gente.

En cambio, me conformo con la apertura que ella ya me dio.

—¿Y dónde se queda Fernet cuando vas al Cosquín Rock?

—Con mi amiga Lis. Tiene un patio grande y perros y Fernet los adora. Ojalá pudiera presentártelo cuando vayas, pero está medio viejito y ya no viajo mucho con él.

El alivio me inunda la cabeza y siento los hombros aflojándose en la almohada. Está dejando una puerta un poco abierta, así que quiero dejar las cosas bien claras.

—Capaz me puedo tomar unos días e ir a visitarte. Por lo general tengo los horarios apretados, pero puedo mover algunas cosas. —Hago una pausa y pienso de verdad qué voy a decir a continuación, porque no quiero que me malinterprete ni asustarla—. Alma, no te pido que te quedes. Sé que tenés responsabilidades. Yo también. Pero quiero ver a dónde va esto.

Me sigue mirando, y me pongo nervioso de nuevo, porque todo lo que quiero está expuesto de lleno para ella. El tiempo parece moverse lento mientras ella busca las palabras, pero probablemente sea algo solo mío.

—Max. —Exhala, y su mano encuentra mi pecho, plana sobre mi corazón—. Yo también quiero eso. Pasa que… estoy tratando de no adelantarme.

—Okay. —Le cubro la mano con la mía—. Adelantate conmigo. Te puedo seguir el ritmo.

Suelta una risita.

—No me lo estás haciendo más fácil.

—No lo estoy intentando.

Se queda callada un segundo. Después:

—¿Un paso a la vez?

—Un paso a la vez.

Portada de Con las Luces Encendidas

Este es el final de Luces Encendidas… casi.

No pude dejar a Alma y Máximo ahí, así que escribí un poco más. Suscribite y te mando los capítulos extra directo a tu correo.

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